jueves, 16 de noviembre de 2017

Loyle Carner - Yesterday's Gone (2017)

Loyle Carner - Yesterday's Gone

A veces, se dan ciertas aporías que solo personas llenas de sensibilidad y fuerza son capaces de resolver. Se me ocurren varios ejemplos: compositores sordos como Muhammad Ali, boxeadores con párkinson como Beethoven o raperos disléxicos como es el caso de Loyle Carner. De hecho, su nombre real es Coyle Larner, pero fruto de un tropiezo neurológico con su nombre de pila se quedó con éste. Si a esto le sumamos el déficit de atención e hiperactividad que sufre, el resultado es una ensalada lingüística que no hay dios que se coma, o por el contrario, un discazo como su primer largo Yesterday’s Gone. [Si llegados a este punto el lector no ha notado ningún problema sintáctico, comparte problemas con Carner. Así que vaya al médico, o pónganselo a toda castaña, parece que al él le funciona].

Es imposible no recordar a Childish Gambino al echar un vistazo a su trayectoria. Carner, antes de dedicarse al rap, coqueteó con la farándula, pero aquello se acabó cuando su padrastro murió - del padre biológico mejor ni hablamos, ya se encarga él de saldar cuentas en el primer tema The Isle Of Arran. Tras la desgracia vino el rap, y ese mismo año publicó su primer EP Little Late, a partir del cual su carrera ha ido como un tiro. Para darse cuenta de ello, basta con recordar a Joey Bada$$ o Kate Tempest en Londres y ver que quien estaba a su lado era Carner. Incluso el mismísimo Nas, del que habla en Sun Of Jean, contó con él cuando fue a la isla. Todo este jaleo sin que hubiese grabado Yesterday’s Gone. Ahora que lo ha publicado, ¿qué?: relojes suizos, dinamita.

Que Carner haya nacido en el sur de Londres es motivo suficiente para que los medios se empeñen  en arrastrarlo a ese fango tan ácido como irresistible que es el grime. Error. O bien ahora los estudios en los que se graba grime están llenos de macarrons turquesas y nubes de algodón de azúcar, o el crecimiento del propio género desorienta al que lo escucha. Si bien es cierto que el acento, el tono de su voz e incluso su lugar de nacimiento invitan a pensarlo, lo que ocurre en  Yesterday’s Gone son otras cosas. Lejos quedan las líneas frenéticas de drum’n’bass propias de los orígenes que establecía Skimo, los olores agrios propios de las raves y los MC’s histéricos con venas yugulares más cercanas al reventón que las de un trompetista de be boop.

En el trabajo de Carner los “Kila kila real real  niggas knows d deal deal” son sustituidos por coros de góspel, las líneas hipnóticas de bajo por saxos nostálgicos y las malas caras por poemas y palabras dedicadas a su madre. Ni aunque Carner salivase como un dóberman que lleva cuatro días sin comer atado a una farola de Tower Hamlets, diría que hace grime. Pero ojo, un discazo, sí.

Engrosa las filas de raperos como Chance The Rapper que, sin quererlo, levantan las faldas a argumentos nacionales del tipo: “No, es que en el extranjero se hace así y no asá”. A la vez que se centra en una reflexión personal en la que nos deja entrar por los puntos cotidianos que entraña. Si a esto le sumamos que el disco respira jazz y soul en temas como Ain’t nothing changed, pues nada, pues bomba.

A todos nos gustan las madres, todos las queremos con devoción, pero pocos las ponen a cantar, las graban y cierran discos con ellas. Y lo mejor de todo, logra que los puristas casposo-maqueteros del rap inglés en general, y del  grime en particular lloren más sangre que una virgen dominicana. Como pasó cuando el punk dejaba de serlo y cruzaba el charco “perdiendo sus auténticas propiedades” (parece que estemos hablando de la cerveza Guinnes), que Carner tenga éxito en América y dilate injusta e involuntariamente  las fronteras de un género (pasando por alto la pequeña cosa de la proyección musical) aunque solo sea por la pataleta del talibán, es genial.

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martes, 1 de agosto de 2017

Arcade Fire - Everything Now (2017)

Arcade Fire - Everything Now
“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia” decía el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) en su monólogo clave de ‘Blade Runner’. Como un robot es como Arcade Fire ve a cualquier miembro aleatorio de nuestra sociedad… pero un robot que guarda retazos de humanidad (como Roy). Ya desde el single de presentación nos hablaban en cierto modo de esas lágrimas en la lluvia, de la necesidad consumista de tenerlo todo ya, cuando quieras y donde quieras, gastarlo, quemarlo, y a otra cosa. De ser máquinas que tienen que exprimirse para dar al sistema lo mejor de sí mismas continuamente. De esto, y de sus consecuencias, nos quieren alertar en el resto del minutaje de un disco para el que han contado nada más y nada menos que con Thomas Bongalter de Daft Punk, Geoff Barrow de Portishead y el bajista de Pulp Steve Mackey, sin olvidarse de un viejo conocido para ellos como es Markus Dravs. Con una temática así, podría esperarse un tono oscuro-lánguido, un ritmo lento, pero los canadienses han decidido seguir adelante en el abrazo que dieron ya en ‘Reflektor‘ a los teclados y sintetizadores, como hemos podido ver en los adelantos. Esto dota al álbum de fuerza en algunos momentos, pero en otros contribuye a que sus intenciones conceptuales se diluyan, lo cual es curioso por una razón: desde luego no se puede decir que no estemos ante un disco conceptual, lo es al 100%. El problema es que a ratos está demasiado atrapado en su propio concepto y falla a la hora de transmitir emociones con él. Pero, como los replicantes, ‘Everything Now’ tiene en su interior una lucha entre los retazos de humanidad y la máquina. Y acaban ganando los primeros.

Uno de esos retazos está en ‘Put Your Money On Me’. Para un grupo que ha confiado tanto en el poder del amor (no en sentido pasteloso sino en todas sus extensiones), resulta casi desolador escucharles una canción de amor… hacia el dinero. Aquí nos acordamos de nuevo de ABBA, no tanto por el sonido -en ese sentido nos acordamos más de Tame Impala o incluso de ‘Eye on the Sky’-, sino por su título. El título tan parecido a ‘Lay All Your Love On Me’ (para más inri, luego se encargan de repetir “all your money on me” diez veces) no parece casualidad: la identificación “amor = dinero” se hace palpable mientras Win canta sobre una carrera hacia tu corazón que empezó antes de que tú nacieras. Tu corazón es solo un target al que llegar, un target al que el consumismo conquistará hasta ese éxtasis alienante representado con “go tuck me into bed / and wake me when I’m dead / I know that you gotta be free / But I’m never gonna let it go”. La enérgica ‘Creature Comfort’ sigue en esa línea oscura-que-melódicamente-no-lo-parece y habla del suicidio (con más fortuna que la rollingstonesca ‘Good God Damn’), de la necesidad de fama, de destacar, de competir, etc, y de la frustración y el auto-odio cuando eso no sale bien. Y de que, aún cuando sale bien, nada parece ser suficiente, nada parece ser la respuesta a “¿qué quiero?” en un mundo cuyo marketing dice precisamente que es tuyo para darte lo-que-quieras. Que solo tienes que cogerlo. ¿O quizás no?

En ningún momento del disco se menciona la palabra “capitalismo” y, sin embargo, sobrevuela continuamente este nuevo trabajo, a veces de forma tan obvia como en la caja registradora de ‘Infinite Content’/’Infinite_Content’. Esta entrega doble supone el mayor “jump the shark” del álbum: ¿cantar el juego de palabras “infinite content, infinite content, we’re infinitely content” durante casi cuatro minutos en dos estilos distintos está más cerca de una genialidad o de la vergüenza ajena? Yo lo veo más cercano a lo primero, pero no puede decirse que sea un movimiento exento de riesgo, sino más bien uno de arenas movedizas. Como lo es ofrecer un disco de 13 temas que en realidad son 10 (si quitamos los dos reprises del single y unimos el mencionado corte doble), 10 de las que ya conocíamos 4. O como también lo son los momentos del álbum en que el estilo y el concepto se comen a una letra e interpretación vocal que podrían ser bastante mejores. Así, Win parece con el piloto automático en ‘Peter Pan’, en la a ratos sugerente / a ratos creepy ‘Chemistry’ o incluso en ‘Signs of Life’, donde las melodías acaban resultando repetitivas. Son temas menores dentro de lo que los canadienses saben hacer, pero no anulan lo que hemos descrito antes, ni lo que describimos a continuación sobre dos de los highlights del disco.

Y es que, cuando lo hacen como saben, nos ganan de nuevo, pero a lo grande, y eso ocurre en ‘Electric Blue’ y, sobre todo, en ‘We Don’t Deserve Love’, ambas interpretadas con esa emoción de la que hablábamos al principio. La primera no es ‘Sprawls II’, pero igualmente Régine Chassagne brilla en una canción que parece dedicada a un amante que ya no está… hasta que atendemos a guiños como el “I thought I found it” (“I thought I found the connector”) o el propio título (“blue, blue, electric blue / that’s the colour of my room” cantaba Bowie en ‘Sound and Vision’). Quizás ese chico que ya no está, y del que Chassagne lamenta “I don’t know how to sing your blues” sea cierto extraterrestre. En cualquier caso, una buena composición donde voz y sintetizadores encajan a la perfección, terminando en un bucle que casi deseamos que nos arrastre. Pero sin duda la gran joya del disco es una ‘We Don’t Deserve Love’ que puede medirse de tú a tú con los temas de ‘The Suburbs’ o ‘Funeral’. Arcade Fire se toman su tiempo en esta canción, que vamos degustando poco a poco, de modo que, cuando alcanza el clímax, lo disfrutamos el doble -justo lo que nos recomendaban en el corte titular. Así, durante más de seis minutos, Win y compañía nos cuentan una historia de amor entre dos de estos seres deshumanizados, sobre los que parece planear eso de “aceptamos el amor que creemos merecer”. Asoma tímidamente un mensaje optimista: entre canciones malas en la radio y risas enlatadas en la tele, en un mundo donde no se observa nada real a varios kilómetros, ellos encuentran un halo de luz: aunque les cueste creer que es de verdad, entre ellos parece que el mundo es un poco menos oscuro y un poco más real. No se trata de escapar a un paraíso idílico, se trata de vivir su amor aunque sea entre escombros: “if you can’t see the forest for the trees / just burn it all down / and bring the ashes to me”.

Un aspecto más del “todo ahora” (con el título así en castellano se está vendiendo el vinilo, al menos en España) es la rapidez con la que se tiene que escuchar, interpretar y valorar un disco, como criticaban los canadienses en su dardo a Stereogum -algunos dicen que como ataque preventivo ante malas críticas-.Y sin embargo, ‘Everything Now’ es un buen disco al que dar vueltas antes de soltar “buf, esto es lo peor que han hecho, están acabados” (nos encanta idealizar bandas para luego derribarlas a la mínima). En una discografía tan interesante como la suya, el considerado más flojo puede permitirse el lujo de no ser malo, ni siquiera regular. ‘Everything Now’ es un buen disco, con un concepto muy ambicioso y grandes ideas que, sí, en ocasiones se quedan lejos de lo que la banda puede llegar a dar pero que, cuando funcionan, dan temas para quitarse el sombrero. Por otro lado, el cuestionamiento del status-quo no es algo nuevo en el grupo; es, como dije, uno de sus leit-motivs, aquí planteado dentro de una huida hacia adelante, una actitud algo más altiva y aliñado con una mezcla de disco, new-wave y electropop. ¿Cómo han llegado aquí? Entre ‘Reflektor’ y éste, además de trabajos en solitario –Will Butler, Jeremy Gara, Richard Reed Parry-, sus integrantes se han preocupado por causas sociales, han sufrido la pérdida de su gran padrino/ídolo, han vivido con inquietud y rebeldía los cambios políticos… es comprensible que estén ahora en un lugar distinto. En definitiva, aunque no esté al (altísimo) nivel de las anteriores, ésta es una huella más dentro de la evolución de una de las bandas más interesantes de la actualidad. Una huella recomendable y bastante valiente, dicho sea de paso, que les saca más aún de su zona de confort… podrá gustar más o menos, pero les aleja de acabar siendo unos autómatas más.

miércoles, 21 de junio de 2017

Royal Blood - How Did We Get So Dark? (2017)

Royal Blood - How Did We Get So Dark?
Segundo trabajo de estudio de la banda británica con más proyección del momento, Royal Blood. Si un segundo disco es fundamental para cualquier banda, hay que recordar que el debut del dúo entró directamente al Nº1 de la lista oficial de ventas en Reino Unido, fue Top 20 en quince países, y vendió más de 1 millón de ejemplares. Prometían un paso adelante en su sonido, y movimiento ha habido, aunque este How Did We Get So Dark? les lleva a ofrecer sustancialmente lo mismo.

Cierto es que la experiencia del directo, y un ajuste con vistas comerciales, les ha hecho aligerar ese peso de rock brutote de su debut, haciéndoles alargar las estrofas, adelgazar los riffs y agudizar la voz; pero los principales atractivos del grupo siguen intactos. Buenas canciones, original propuesta y… juventud, divino tesoro. El sonido que Mike Kerr saca de su bajo parece un truco de estudio hasta que lo ves en directo, con esa pedalera y el modo guitarrero de utilizar las cuerdas finas de su instrumento, y es que hacen falta más bajistas que apuesten por no acatar la orden de “tu pégate al bombo y haz lo mismo”. Que un niñato nos venga con estas es una alegría; digamos que es el Tom Morello de los bajos. La producción se hizo a modo de trío, entre la banda, Jolyon Thomas y su padrino de estudio, Tom Dalgety (Ghost, Killing Joke, Pixies…); resultando un sonido algo más light y con cierto toque glam con pequeños aderezos, teclados y sutiles detalles.

Los diez cortes del disco son breves y al grano, vemos que las similitudes con ciertas bandas contemporáneas (QOTSA, Muse, Wolfmother, Arctic Monkeys) en ocasiones se perciben de un modo mucho más claro, dando una de cal y otra de arena en cuanto a hacernos sacudir la cabeza, algo por lo que se caracterizaba la banda. Sigue habiendo temas rítmicos, pero hay un tono más “sexy” al que la voz de Kerr se adapta de un modo mucho menos agresivo, en ocasiones abusando de los falsetes y ese delay de moda en muchos cantantes de este rollo. El disco se abre con la primera joya del disco, el pegadizo tema homónimo, seguido de los dos grandes singles del álbum, Lights Out y I Only Lie When I Love You. Los temas centrales del disco se hacen algo más anodinos, hasta Don’t Tell, lubricado medio tiempo de puro feeling. Llegando la mitad de la cara B llegan los últimos pildorazos, Hook, Line & Sinker, sucio y vacilón, la semipsicodélica Hole in Your Heart, y el cierre con Sleep, el tema más largo de la carrera del grupo, de tan solo 4 minutos y cuarto.

Mike Kerr se apura su escasa barba, se atusa el pelo con tupé, se abotona la camisa y se sube las solapas. Estos vinieron para quedarse y posturear glamurosamente, nada de sudor y escupitajos. Por favor no te equivoques, estos son un power dúo, pero estamos hablando de los primos finos de Mantar. Un disco que se vuelve a pasar en un suspiro, y con el que a buen seguro afianzarán su base de fans. How Did We Get So Dark? no va sobrado de originalidad en cuanto a evolución, pero sí contiene ajustes suficientes como para atraer a nuevos públicos.

Fuente:
http://diablorock.com/2017/06/16/critica-disco-del-mes-royal-blood-how-did-we-get-so-dark-2017/

Dan Auerbach - Waiting on a Song (2017)

Dan Auerbach - Waiting on a Song
Nashville, capital del estado de Tennessee, es conocida como cuna del country. Justo allí es donde Dan Auerbach (Black Keys, The Arcs) se mudó hace un par de años para crear su propio sello discográfico, Easy Eye Sound, del que por ahora el mismo es el único artista en el catálogo de músicos. Y por supuesto, Waiting on a Song es el primer álbum lanzado a través del nuevo sello.

El disco es por momentos disfrutable y muy diferente a su primer álbum en solitario, que tenia una esencia más cercana a los Black Keys. Es un viaje veraniego por el Nashville de los 70 en el que parece obvio que Auerbach está en constante búsqueda de un sonido que refleje perfectamente esas sensaciones. Living a Sin y Shine On llevan consigo refrescantes y pegadizas melodías que nos guían perfectamente en este viaje que por la América profunda al que Dan nos quiere llevar.

La primera canción del disco, Waiting on a Song (igual que el título del álbum), ya nos hace presagiar lo que se viene. El artista nos canta una canción sobre cómo escribir una canción (“Songs don’t grow on trees, You gotta pick em’ out the breeze”) y sale reforzado de ello gracias al positivismo que se transmite en su música. El ritmo infeccioso de Malibu Man o la nostalgia desprendida en King of a One Horse Town son otras pistas a destacar en este segundo álbum en solitario de Dan Auerbach.

Ni que decir tiene que el country y el folk sirven de principal influencia en el disco y la lista de colaboradores en el álbum no hace más que confirmar lo dicho. Grandes músicos como John Prine (leyenda del folk), Mark Knopfler (Dire Straits) o Duane Eddy (estrella del rockabilly americano) colaboran en varias canciones del álbum y le dan un toque de más pureza al sonido.

Aunque Dan Auerbach es capaz de hacer lo propio sin ayuda de nadie. Stand By My Girl es una bella canción de amor donde consigue sonidos tradicionales con toques folk más modernos. Mientras, en Show Me nos damos una vuelta por el country mas sureño con un buen acompañamiento de instrumentos de viento para de nuevo traer los 70 de vuelta al nuevo milenio.

Dejamos para el final esa obra de arte llamada Never In My Wildest Dreams, donde solo la voz, la guitarra acústica y una trompeta nos regalan una balada emotiva donde Auerbach se resigna a encontrar a ese amor perdido (“Never in my wildest dreams, Would my dreams come true, You’re just too good to touch”). No sabemos si en realidad ese amor al que hace mención se refiere a una persona o simplemente al amor que el artista siempre ha sentido por otros estilos musicales como el folk pero del que el estrellato de la última década con los Black Keys le ha ido apartando poco a poco.

Sea como fuese, Waiting on a Song es un buen álbum, con grandes momentos provenientes de un compositor con muchas cualidades que ahora con su propio sello discográfico no hará más que transmitir todas esas virtudes a aquellos artistas que participen en su proyecto. Mientras tanto y a pesar de las buenas sensaciones, tenemos una recomendación para el bueno de Dan: no está de más querer asemejarse a otros músicos con tu música, pero siempre serás más eficiente siendo tú mismo.

Fuente:

alt-J - RELAXER (2017)

alt-J - RELAXER
No hay nada peor que un grupo pretencioso, y alt-J siempre lo han sido, tanto en su debut ‘An Awesome Wave‘ como en su segundo disco ‘This Is All Yours‘. Sus ínfulas arty les han llevado a estrenar discos en museos, samplear a Miley Cyrus cuando su imagen es de grupo 100% underground, hacer vídeos con versión chico y versión chica, referenciar el número π o reproducir el sonido de una inhalación casi al mismo tiempo que la palabra “sniffing”. Sus experimentos apasionan tanto como generan vergüenza ajena y su currículum incluye tanto un Premio Mercury al mejor álbum del año y nominaciones a los Grammy como algún que otro número rojo en Metacritic.

‘Relaxer’ no va a cambiar las cosas en absoluto. Se seguirán haciendo virales tipo “así de tontamente se hacen canciones de alt-J” que ellos celebrarán. El trío ha tenido ahora la ocurrencia de realizar una canción sobre un demonio de Tasmania que se enamora de una nadadora (‘Adeline‘), de dejar irreconocible el clásico popular ‘House of the Rising Sun’, de comenzar un single con código binario solo ellos saben para qué (‘In Cold Blood‘), de repasar con pesadumbre los meses del año en un tema que a la mitad incorpora una voz femenina, de nuevo la de Marika Hackman, para transformarse en otra cosa (‘Last Year’), de hacer una canción de rock sobre una fiesta de sexo que incluye alaridos, un diálogo en japonés y un casposete “fuck you” que parece más propio de un grupo garajero novel (‘Hit Me Like That Snare’)… y sobre todo de publicar un disco navideño cuando ya estamos a 35 grados centígrados.

La llegada de ‘Relaxer’, palabra perfecta para esa escucha tranquila, nocturna y con cascos que requieren los discos de alt-J, coincide en cambio con el verano por una razón concreta. El grupo británico ha querido retratar que esta estación no es siempre ni mucho menos el paraíso que se nos vende en el cine o en la literatura, sino que también puede esconder desgracias y situaciones amargas, y aquí hay unas cuantas. ‘In Cold Blood’, que parece retratar una muerte en una piscina, sería una de las más claras, pero también tenemos el desamor de la mencionada ‘Adeline’, que no deja de ser una metáfora, o el cierre en forma de villancico de ‘Pleader’, con su referencia a ‘Qué verde era mi valle’ y por tanto con coartada intelectual y política. Dicen que este disco también es consecuencia del Brexit.

Lo bueno es que desde el último disco de Everything Everything y todo lo que quisieron meter allí dentro, los álbumes de alt-J ya no nos asustan, y sobre todo que sí que hay algo peor que un grupo pretencioso: un grupo pretencioso que no tiene ni idea de lo que se hace y no logra transmitir lo que busca. Pero no es el caso del grupo de Gus Unger-Hamilton, Joe Newman y Thom Sonny Green. En ‘Relaxer’ hay espacio para los ritmos electrónicos de ‘Deadcrush’, bastante para las canciones-hoguera influidas por el primer Leonard Cohen y Nick Drake, y también para experimentos de art-pop clásicos de la banda, como el estupendo ‘In Cold Blood’ que han grabado con un sintetizador de segunda mano comprado a 1 libra. Esta anécdota que pretende denotar suerte o humildad contrasta con los 20 guitarristas clásicos que caben en ‘House of the Rising Sun’ o los 30 músicos a las cuerdas que caben en ‘Pleader’, pero lo cierto es que alt-J han conseguido, con solo tres álbumes, parecer un género en sí mismos.

Y es que todo suena a ellos y casi siempre es para bien. El primer adelanto ‘3WW’, que ni siquiera es de las mejores composiciones del álbum, comienza como una de sus canciones folkie para a partir del minuto 2.40 transformarse por momentos en una balada de los 70 antes de entregar las riendas de la canción a un piano, a un falsete y a la voz de Ellie Rowsell de Wolf Alice, además de a unos cuantos sonidos ambientales. ‘In Cold Blood’ cuenta con unos vientos ultra alt-J. ‘Deadcrush’ se permite el lujo de distorsionar voces como mandan los cánones de la moda. Y ‘Last Year’, que como decía, se transforma en otra canción a la mitad, lo hace porque la voz de Joe cuenta la historia de una persona que va a morir, y Martika, que también saca disco hoy, es lo que suena en su funeral. “Mississippi, come back to me / Come, Mississippi from your cold black sleep”. Algo que podrían haber cantado Damien Rice y Lisa Hannigan.

Qué fácil es imaginarse a sus detractores partiéndose la caja mientras el disco se cierra con ese coro entonando “how green is my valley”, pero qué fácil también unirse a él como broche de un disco en el que han vuelto a combinar sabiamente, y durante no más de 40 minutos, buenas piezas de pop arty con preciosas gemas de folk intimista.

Fuente:
http://jenesaispop.com/2017/06/02/299627/alt-j-relaxer/

martes, 20 de diciembre de 2016

Lo que ha dado de sí el 2016... que ha sido mucho!!!

Pues ya estamos otra vez acabando el año y, como viene siendo ya una tradición, os cuento los discos que más he oído, que más me han gustado, impactado o que simplemente más esperaba. Este año la lista me ha salido un poco heterogénea, habiendo cosas muy nuevas con otras de sobra conocidas, por eso creo que los voy a a separar en distintos apartados.

Indiscutiblemente, sin tener en cuenta apartados ni secciones, el disco que me ha alucinado este año sobretodos los demás ha sido el de Car Seat Headrest. Discazo en mayúsculas que os recomendaría oír sin duda. En esta sección de grupos nuevos o desconocidos destacaría también el de Michael Kiwanuka. Ya tenía su primer disco pero este lo he desgastado de tanto oírlo. Aunque no tienen nada que ver el uno con el otro son muy recomendables.

En cuanto a los discos españoles, tengo una pequeña debilidad con el señor Ferreiro así que con esto no tengo mas que decir. Belako siguen a lo suyo y Delafé anima con sólo escucharlo.

Finalmente he añadido varios discos de grupos de toda la vida. Ya lo sé, me hago mayor y tal vez no deberían estar aquí pero... Yo diría que el que tuvo retuvo y que tanto Pop, Bowie, Ashcroft o los Stones han hecho cosas muy disfrutables. Sobre todos ellos indiscutiblemente el disco de Radiohead brilla con luz propia. Seguramente sea el que más he oído en todo el año, con eso os digo todo.

Bueno, dejo de enrollarme y os dejo la lista:

DESCUBRIMIENTOS

Car Seat Headrest - Teens of Denial




















PROGRESAN ADECUADAMENTE...











SPANISH





martes, 30 de agosto de 2016

Car Seat Headrest - Teens of Denial (2016)

Car Seat Headrest - Teens of Denial
De vez en cuando, del marasmo del pop contemporáneo emerge la cabeza de algún geniecillo con inquietudes y ambiciones por encima de la media. Es lo que sucede con Will Toledo (no haré el chiste fácil, no), muchacho oriundo del sur de Estados Unidos (Virginia) aunque afincado en Seattle, cuyo aspecto físico evoca a un Lou Barlow de los 80 y cuyo debut le deja a uno noqueado por su potencia melódica y honestidad.

Toledo se ha fogueado a tope en el college rock low-fi (¡once discos en Bandcamp!), y lanza ahora su debut para Matador, un doble álbum con banda que, pese a sus ambiciones desmedidas y duración a todas luces excesiva (70 minutos), se disfruta desde el primer hasta (lo que es más importante) el último segundo. No es nada fácil, y menos para un debutante.

Es cierto que la promoción le ha venido rodada: Ric Ocasek (The Cars) se echó para atrás a la hora de autorizar el uso de un fragmento de una de sus canciones, y forzó al sello a retirar los discos fabricados. Un pufo de 50.000 dólares que ha dejado tiritando a Matador y con muy mal cuerpo a Toledo, compungido porque Ocasek ni se tomó la molestia de escuchar su trabajo.

Más allá del incidente, lo importante es que un tipo que escribe títulos de canciones como “Destroyed by Hippie Powers”, “Cosmic Hero”, “Drunk Drivers/Killer Whales” o la épica “The Ballad of The Costa Concordia” (acuérdense de aquel infame capitán italiano que dejó tirado a pasaje y tripulación en pleno naufragio) merece crédito. Pero es que las letras y la música acompañan. Toledo concilia con sorprendente madurez las esencias crudas del rock clásico con el indie de los 80 y 90 (Pavement, Neutral Milk Hotel, Dinosaur Jr, incluso Nada Surf), destilando en sus letras humor descarnado y la desubicación juvenil de su adolescente álter ego.

Pese a que las canciones se van muy frecuentemente por encima de los 6 minutos (la mencionada balada llega a los 10, con un fascinante cambio de ritmo entre medias), la frescura no se resiente. Toledo absorbe como una esponja ávida de líquidos todo tipo de influencias, para llevárselas a su terreno. Un solo pero a este debut espléndido y torrencial: ¿Se habrá dejado alguna idea para el próximo disco?